Aún no ha comenzado, y ya siento la fatiga. Me refiero al carrusel de ingestiones pesadas, de borracheras, de ruido, de alegría forzada que sobrevienen con la Navidad, en la que lo que menos importa es la propia Navidad y lo que más esa predisposición a la celebración, el talante abierto a levantar el vaso y abrir la boca a la menor ocasión, sometiendo al cuerpo a un trabajo aberrante de gimnasia tóxica. A mi mujer y a mí nos ha cogido con el biorritmo cambiado, y es por ello que esta Navidad hemos decidido ser más antipáticos que nadie. Pensamos quedarnos la noche del 24 y del 31 en casa, con los niños dormidos bien temprano y disfrutando de cualquier bolacho televisivo, mucho mejor si es de Capra.Entre todos los padecimientos que uno se ve obligado a asumir durante estas fiestas navideñas, además del ensordecedor y desagradable ruido de los petardos a cualquier hora, de la siempre complicada deglución de las 12 uvas, del desembolso descomunal de dinero en juguetes y de los padecimientos visuales de unas fiestas que cada vez se vuelven más estéticamente horrendas –creía que lo había visto todo con los tres Reyes Magos subiendo por cuerda a los balcones, pero no: ahora, por mi pueblo, se lleva lo de colocar pañuelitos en las fachadas de 2x2 con una imagen de un niño Jesús que parece arrancado de un Belén-, en mi caso yo debo sufrir un particular calvario: el Encuentro Anual del Grupo Salvaje.
Ayer mi hermano me preguntó por el encuentro. Y tuve que decirle la verdad: aún no sé nada. No hay día fijado, sólo algunos indicios, llamadas de los miembros del grupo con la boca caliente, voluntad de perpetrar el encuentro cualquier día impensado de las fiestas.
El Grupo Salvaje es un conciliábulo, un extraño club, del que uno no puede escapar. Pertenece a él casi desde la cuna, desde la infancia. Es el grupo de los amigos de mi barrio, con los que aprendí a hacer putadas, con los que me desollé centenares de veces las rodillas, junto a los que me enamoré la primera vez, con los que me introduje en el arte de la masturbación. Primeras borracheras, aventuras temerarias, gamberradas que poco a poco fueron deslizándose casi a la delincuencia.
Hoy el Grupo Salvaje está bastante desmembrado. Hay de todo entre sus miembros. Algunos de ellos son leyenda en el barrio. Uno ha estado a punto de entrar más de una vez en chirona. Otro se quedó medio colgado con los tripis. Individualmente son bombas, pero todos juntos parecen una verdadera banda terrorista.
Con el Grupo Salvaje me veo abocado a pillar una borrachera de órdago. Eso es lo mínimo. Lo peor es que acaben dándonos una paliza en un bar, o que tengamos un accidente de coche, o que demos con nuestros huesos en Comisaría. Nunca se sabe dónde acabará uno cuando va con el Grupo Salvaje. Quizá por eso he ido poniendo meses de distancia entre cada encuentro, consciente de que, en cualquier caso, siempre hay una Reunión Anual inevitable. La reunión de Navidad.
Mi mujer lo sabe. Consiguió a fuerza de reproches fundados que renunciáramos a perpetrar las reuniones el mismo día 31. Las cenas de Nochevieja se habían convertido en algo más bien patético. Pero es consciente de que cualquier día mi teléfono sonará, y detrás de la llamada habrá un día y una hora. Será la reunión del Grupo Salvaje. Inevitablemente, sin que yo lo quiera, y menos aún con un biorritmo cambiado como el que padezco, nos echaremos a la calle. Una vez más, habrá pelea.




