miércoles 16 de diciembre de 2009

Grupo Salvaje

Aún no ha comenzado, y ya siento la fatiga. Me refiero al carrusel de ingestiones pesadas, de borracheras, de ruido, de alegría forzada que sobrevienen con la Navidad, en la que lo que menos importa es la propia Navidad y lo que más esa predisposición a la celebración, el talante abierto a levantar el vaso y abrir la boca a la menor ocasión, sometiendo al cuerpo a un trabajo aberrante de gimnasia tóxica. A mi mujer y a mí nos ha cogido con el biorritmo cambiado, y es por ello que esta Navidad hemos decidido ser más antipáticos que nadie. Pensamos quedarnos la noche del 24 y del 31 en casa, con los niños dormidos bien temprano y disfrutando de cualquier bolacho televisivo, mucho mejor si es de Capra.

Entre todos los padecimientos que uno se ve obligado a asumir durante estas fiestas navideñas, además del ensordecedor y desagradable ruido de los petardos a cualquier hora, de la siempre complicada deglución de las 12 uvas, del desembolso descomunal de dinero en juguetes y de los padecimientos visuales de unas fiestas que cada vez se vuelven más estéticamente horrendas –creía que lo había visto todo con los tres Reyes Magos subiendo por cuerda a los balcones, pero no: ahora, por mi pueblo, se lleva lo de colocar pañuelitos en las fachadas de 2x2 con una imagen de un niño Jesús que parece arrancado de un Belén-, en mi caso yo debo sufrir un particular calvario: el Encuentro Anual del Grupo Salvaje.

Ayer mi hermano me preguntó por el encuentro. Y tuve que decirle la verdad: aún no sé nada. No hay día fijado, sólo algunos indicios, llamadas de los miembros del grupo con la boca caliente, voluntad de perpetrar el encuentro cualquier día impensado de las fiestas.

El Grupo Salvaje es un conciliábulo, un extraño club, del que uno no puede escapar. Pertenece a él casi desde la cuna, desde la infancia. Es el grupo de los amigos de mi barrio, con los que aprendí a hacer putadas, con los que me desollé centenares de veces las rodillas, junto a los que me enamoré la primera vez, con los que me introduje en el arte de la masturbación. Primeras borracheras, aventuras temerarias, gamberradas que poco a poco fueron deslizándose casi a la delincuencia.

Hoy el Grupo Salvaje está bastante desmembrado. Hay de todo entre sus miembros. Algunos de ellos son leyenda en el barrio. Uno ha estado a punto de entrar más de una vez en chirona. Otro se quedó medio colgado con los tripis. Individualmente son bombas, pero todos juntos parecen una verdadera banda terrorista.

Con el Grupo Salvaje me veo abocado a pillar una borrachera de órdago. Eso es lo mínimo. Lo peor es que acaben dándonos una paliza en un bar, o que tengamos un accidente de coche, o que demos con nuestros huesos en Comisaría. Nunca se sabe dónde acabará uno cuando va con el Grupo Salvaje. Quizá por eso he ido poniendo meses de distancia entre cada encuentro, consciente de que, en cualquier caso, siempre hay una Reunión Anual inevitable. La reunión de Navidad.

Mi mujer lo sabe. Consiguió a fuerza de reproches fundados que renunciáramos a perpetrar las reuniones el mismo día 31. Las cenas de Nochevieja se habían convertido en algo más bien patético. Pero es consciente de que cualquier día mi teléfono sonará, y detrás de la llamada habrá un día y una hora. Será la reunión del Grupo Salvaje. Inevitablemente, sin que yo lo quiera, y menos aún con un biorritmo cambiado como el que padezco, nos echaremos a la calle. Una vez más, habrá pelea.

martes 15 de diciembre de 2009

En buenas manos

Me gustó estar ayer en el Club de Lectura de la Fundación de la Escuela de Aparejadores de Sevilla para hablar de La canción… Y me gustó porque me sentí muy a gusto, al lado de lectores de a pie, esos lectores cotidianos que uno contempla al viajar en metro, o al pasear por el parque. Lectores despojados de retórica, que no se pierden en excesivas divagaciones de carácter teórico, sino que simplemente están interesados en leer historias que les conmuevan, que estén bien contadas y que les hablen de cosas y de personajes curiosos o con los que puedan identificarse.

En la charla, que resultó muy animada, pude comprobar también algo que me produce una extraña sensación, mezcla de zozobra y de alivio. La novela ya no es un niño, y no tengo que estar pendiente de que no se tropiece, de que alguien le haga daño, de que me venga llorando y yo tenga que aplicarle esparadrapos y mimos. La novela se deja acariciar por otras manos, susurra a otros oídos, cuenta su historia a personas distintas, que la acogen con más o menos entusiasmo. Algunos criticaron la aspereza y la excesiva plasticidad de algunos pasajes, cosa que no me incomodó, que incluso secundé, desde la distancia de lector, de un lector aventajado pero lector al fin y al cabo. Otros alabaron el estilo, la forma de contar, los pasajes más filosóficos en los que el personaje reflexiona sobre el amor, sobre la vida, sobre la amistad, sobre la muerte. Carmen, la amiga Carmen, a la que me siento extrañamente unido, se mostró una vez más incondicional de la novela, con argumentos extraídos, arrancados del propio libro, después de una segunda lectura en la que la novela, al parecer, le ha gustado todavía más. Me dio la impresión, no sé, de que La canción... le pertenece ya más a ella que a mí, que es más suya que mía, porque a fin de cuentas ella no padeció los dolores de su parto pero la disfruta con la naturalidad de quien goza de un plato sin tener conciencia del proceso de cocinado. Encuentra matices como degustadora que a mí me están vetados como gourmet.

Los lectores del Club de Lectura me hicieron recomendaciones que yo anoté, y que prometo leer al dedillo. Son lectores apasionados, a los que les mueve el brillo de un buen párrafo, la reacción de un personaje, la forma de resolver una escena. Todo ello bajo el prisma de su propia vivencia cotidiana, urbana, callejera. Son los lectores que cualquier autor desearía tener, por encima de las estúpidas vanaglorias de la crítica literaria más especializada y técnica, que se parece más bien a una partida de ajedrez. En la calle se juega a los bolos, en la calle se corre en bicicleta, hay ruido. En la calle se lee como se respira, como se huele un mal olor, como se moja quien no tiene paraguas y se abraza quien tiene frío.

Salí del Club de Lectura muy contento y confortado. En casa me esperaba Espe junto a los niños, pero allí dejaba a otro niño, un niño que definitivamente se ha hecho grande. Está en las mejores manos.

lunes 14 de diciembre de 2009

Día tonto

Pero también están esos otros momentos de ensimismamiento, de enroscarse sobre uno mismo como quien se guarece del frío o de la lapidación, apretujado, fruncido, como si a través del temblor uno pudiera replegarse en la propia carne, hundiendo la piel en las tripas, haciéndose ajeno a los olores, a los colores, a la palabra. Nada que contar, nada que decir, dejar pasar la vida como un insecto, sólo concentrado en cumplir con el tránsito de las horas, a la espera de la fulminación definitiva, esa que nos conducirá quién sabe dónde.

No se puede opinar de todo, no se puede saber de nada a ciencia cierta, así que mejor dejarse llevar, allá donde el viento nos arrastre, sin más certeza que el latido del siguiente segundo. La palabra nos construye de forma mentirosa, es una embustera que nos arroja sobre el compromiso de lo dicho. Pero sobre la palabra está la vida, la huella de nuestros pasos sobre el tiempo que ya nunca vuelve. El latido.

Al final, vivir es arrancarle trozos de intensidad a la vida, morder de su abrigo ajado los botones más brillantes y masticarlos, haciéndonos trizas los dientes, provocando el sangrado de las encías. La palabra, pienso, cuando me encuentro como hoy, fruncido, replegado, solipsista, es sólo cartón piedra, vano aliño para este tobogán, para este dejarse llevar que es la existencia.

viernes 11 de diciembre de 2009

No se presenta

Durante mucho tiempo consideré que la expresión “ser un hombre” resultaba demasiado añeja, con un indudable componente machista, no sé, algo de otro tiempo. Ser un hombre, pensaba entonces, es como ser una mujer, o como ser un perro o una perra, no mucho más que cualquier otra cosa, con la diferencia de que, frente a un objeto, representaba a un sujeto.

En la época de la contestación adolescente me ofendía escuchar esa expresión, “ser un hombre”, en la boca de nadie. Me parecía, sin entenderlo muy bien, tremendamente casposa, incluso reaccionaria. Pensaba que aquél que era capaz de gritar sé un hombre a otra persona podía ser capaz, en una situación extrema, de agarrar por los huevos a otro y arrojarlo temerariamente sobre cualquier desgracia. La expresión tenía un tufo castrense del que siempre desconfiaba, como desconfié siempre de todos aquellos que se soliviantan por una bandera o por los colores de un equipo o en general por cualquier dogma que exija una cierta dosis de fe.

Ahora que soy padre, ahora que intento construir un proyecto familiar; ahora que intento sacar malamente adelante esto que es mi vida y la de los que me rodean; ahora que pienso obsesivamente en que sería capaz de todo por darle un trozo de pan a mis hijos, porque no pasaran una mala noche de frío, porque no les faltara el cariño, en estos tiempos en que toca apretar los dientes y que biológicamente coinciden con el periodo de madurez más o menos asumida, vuelvo sobre la dichosa expresión, “ser un hombre”. Descubro, al desempolvarla, que ha perdido parte de los significados antiguos, y que ahora se reviste de otras connotaciones mucho más personales y vigorosas. Ser un hombre, pero no desde la perspectiva del género sino simplemente desde su sentido humano, es obrar conforme a una responsabilidad, de acuerdo con un compromiso, con una voluntad en la que por encima de todo pesa el cariño hacia los que me rodean y un sentido moral. Intentar, a fin de cuentas, ser una buena persona, así, sin más, un hombre que pasó por el mundo y que intentó en la medida de sus posibilidades hacer el bien y obrar consecuentemente sin joderle la vida a nadie, y sin pensar que uno es el puñetero ombligo del mundo. La vida es corta, de acuerdo, pero vivirla intensamente no implica desolar todo lo que encontramos a nuestro paso convirtiéndolo en terreno baldío, sino aplicar esa intensidad al ejercicio cotidiano de respirar cada día, intentando extraer de cada olor todas las vidas que en sí mismo contiene. Pero así, de forma sencilla, sin excesivos aspavientos. Como un hombre.

En días como el de hoy pienso en la dichosa expresión. Y me da por imaginar cómo hubiera reaccionado el maestro ante semejante situación.

jueves 10 de diciembre de 2009

Lisboa, ese monstruo

Me ha hecho pensar en ello el bueno de Danicurri con el post que ha colgado en su blog. Hay encuentros, apariciones, colisiones que llegan a contaminar tanto un espacio, una vivencia concreta, que ya se apoderan de ella hasta el punto de que si queremos pensar en ese espacio, si queremos reproducir esa vivencia, sólo somos capaces de recordar, como una sinécdoque invasiva, el objeto que la contamina.

Nos ocurrió hace unos quince años, en el primer o segundo verano que salíamos Espe y yo. Su padre era bastante clásico, así que para viajar juntos ella tenía que recurrir al engaño. Por aquel entonces éramos bastante más pobres que ahora, creo que los dos habíamos empezado a trabajar hacía muy poco y teníamos muy poco dinero. Durante el verano planeamos un viaje de locos de una semana por Portugal, con una parada de tres o cuatro días en Lisboa. Recuerdo que teóricamente mi mujer estaba en la playa con sus amigas, así que llamábamos desde cabinas (por aquellos entonces no había móviles) y simulábamos que pasábamos mucho calor bajo un sol de justicia en algún paseo marítimo de Huelva. En alguna ocasión, la mentira nos jugó una mala pasada: recuerdo que Espe hablaba con su madre despotricando del infernal acoso de los mosquitos del litoral onubense mientras que la estridente campana de un tranvía lisboeta resonaba justo a nuestro lado. Por suerte, salió airosa de la justificación; siempre pensé, en todo caso, que la que después se convertiría en mi suegra nunca se creyó del todo que su hija estaba en la playa.

Buscábamos los sitios más baratos para dormir. Y en la propia habitación de los hostales de mala muerte del centro nos emborrachábamos con botellas de martinis. Nuestras cenas eran invariablemente martinis (creo que en aquellos años acabé de machacarme el estómago) y paquetes de patatas chips. En alguna ocasión, fatigados de tanto buscar alojamiento sin éxito, dimos con un hostal que resultó ser una casa de putas. La que nos atendió era una madama, que nos ofreció un cobijo al que renunciamos. La sordidez, como la aventura, debe ser administrada en su justa medida para que resulte vibrante, para que no derive en trauma.

Fueron días bonitos, felices, de una felicidad algo pobre, un poco miserable, que ahora recuerdo de forma cándida y tierna. No había preocupaciones, salvo tener dinero para echar gasolina y comprar alcohol, salvo ser convincentes en las mentiras que le endosábamos a nuestros padres.

Un ensayo de independencia. Una sensación de libertad algo vertiginosa, allí, perdidos en una ciudad desconocida, en un idioma que no era el nuestro, con unos olores insólitos y unos colores también bastante nuevos. Jugando a ser malditos, a hacer malabarismos con las agujas del reloj y con las direcciones, sin nadie que nos esperara al llegar la noche, nadie más que nuestros propios cuerpos.

Todo iba bien hasta que lo vimos. Estaba en una esquina de una plaza céntrica bastante concurrida que quedaba muy cerca de nuestro hostal. No pidáis nombres, porque aquellos viajes eran muy alcohólicos y la memoria nunca fue mi fuerte. Pero el hecho es que allí estaba. Era un pedigüeño, sin camiseta, y con toda la cara masacrada de prominentes bultos que se superponían unos a otros. Un saco de patatas sucias plantado sobre su cara, sobresaliéndole como una legión de miembros postizos. Una procesión de tubérculos, unos fundidos sobre otros, como el chorro reseco de barro con el que uno va construyendo pináculos a la orilla de la playa, y que al cabo se parece a cualquiera de las torres de presencia inacabada de Gaudí. No tenía cara. No había ojos en aquel rostro monstruoso, o al menos yo no lo vi. Sólo escuchaba su letanía, detrás de aquellos bultos, pidiendo dinero. No hubiera necesitado pedir para conseguir mi dinero. Le hubiera bastado asaltarme sin más, haciendo el amago de abalanzarse sobre mí. Le hubiera dado todo mi dinero, le hubiera dado hasta la vida. Porque aquel rostro me aterrorizó como ninguna visión lo ha hecho nunca.

He vuelto a Portugal en alguna otra ocasión. A menudo me hablan de su belleza decadente, de sus cafés, del color dorado sucio de sus calles. Tengo fotos en las que poso delante de la famosa estatua de Pessoa, en el puerto, dentro de un tranvía, comiendo bacalao dorado, todas las cosas que uno hace cuando va allí. Pero por más que intento evitarlo, Lisboa sigue siendo para mí, e intuyo que lo será siempre, la imagen de un monstruo horripilante, una presencia en la que prefiero no pensar demasiado.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Sin riesgo no hay ganancia

Hay momentos muy grandes en El secreto de sus ojos. Elementos cinematográficos de tremenda altura. El guión, por supuesto. O los personajes, especialmente Pablo, el amigo borracho del personaje que interpreta Ricardo Darín, entrañable y cautivador prácticamente desde su segunda aparición. Son mimbres habituales del cine de Campanella, sus fortalezas. Pero hay un momento de tremenda osadía. Una osadía que se convierte en audacia. Me refiero al inmenso plano secuencia que se desarrolla en el estadio de fútbol, cuando apresan al violador. Minuto 58 aproximadamente de la película. Es una cosa enorme, descomunal: huele a cine, a cine de ése que se te pega a la ropa como un olor inmune al detergente, intenso, rotundo, brillante. En mitad de la película, a Campanella se le ocurre que, además de un melodrama realista e irónico de los que acostumbra, quiere hacer algo distinto. Y se saca una secuencia de la manga que merece por ella misma ser enmarcada y colgada en un sitio visible del Salón de la Posteridad. Me recordó al plano secuencia inicial de Sed de Mal, pero con toda la textura cromática de una película de Meirelles o de Iñárritu. Es un riesgo, sin duda, pero quien no se arriesga no gana, y Campanella sale más que airoso. Convierte la película en la joya de su filmografía personal, y le da una dimensión creativa distinta a su cine. Con ese plano secuencia, con ese elemento extemporáneo y delicioso en mitad de una película con el tono melodramático de El secreto de sus ojos, Campanella parece estar avisando de algo. Ojo, parece decir, que soy capaz de esto y de mucho más.

Aunque hay que verla entera, aquí os dejo la perla.

jueves 3 de diciembre de 2009

Cosas que me llevaría a una isla desierta

Una pistola.